LA HABANA, Soplan aires nuevos

La capital de Cuba se extiende llena de color y ritmo tropical, en una de las bahías más bellas del mundo, abanderando los cambios que están sucediendo en la isla. La fusión de sus encantos de siempre, junto con las nuevas transformaciones, la han catapultado a su momento más dulce.

Desde que Raúl Castro inició las reformas legislativas, con la intención de mejorar la situación económica cubana. En la isla se han ido sucedido una serie de trasformaciones, que desde el acercamiento propiciado por Obama entre Cuba y los Estados Unidos, han sufrido un aceleramiento que ha generado cambios destacados. En la Habana cada día se abren nuevos negocios, que están generando una metamorfosis que es muy visible en la Habana Vieja. Una inercia que es imparable, a pesar de que Donald Trump pretenda enfriar las relaciones con la isla.

La Habana desde el Malecón

Desde el aeropuerto, cuando mi taxi entra en la ciudad lo primero que me recibe es la gigantesca plaza de la Revolución. Flanqueada por impresionantes edificios del estado, donde llama la atención el monumental mural del Che Guevara, con la frase: “Hasta la Victoria Siempre”, al que le han añadido otro nuevo de igual tamaño de Camilo Cienfuegos, con la frase “Vas bien Fidel”. En este marco, Fidel Castro daba sus larguísimos discursos ante cientos de miles de personas; hoy los da su hermano. El taxista señala con un dedo una imagen del Papa Francisco, que cuelga en el salpicadero de su Ford, y apunta con una sonrisa, “incluso durante su última visita el Papa impartió una homilía multitudinaria aquí, algo casi impensable en otra época”.

Basta sumergirme en el concurrido Bulevar San Rafael, una calle comercial donde fluye intensa y abigarrada la vida, para darme cuenta de que hay cambios, algunos muy significativos. La gente navega en Internet con teléfonos y ordenadores en plena calle, desde hace tiempo el gobierno ha habilitado puntos wifi de conexión. Y algo que me sorprende, es la abundante presencia de la bandera americana en camisetas, tiendas o taxis; cuesta creerlo pero es así, lejos queda cuando al enemigo no se le podía ni ver. “¡Amigo, somos hermanos!”, me espeta un vendedor de ropa, cuando me quedo mirando su gorra, donde luce la bandera cubana y la estadounidense juntas. Para los nostálgicos siempre quedarán los numerosos murales que decoran la ciudad ensalzando lemas como “Patria o Muerte”. O empaparse de la reciente historia de la isla en el Museo de la Revolución, en la calle Agromonte. Ocupa el antiguo palacio presidencial e ilustra el alzamiento popular de 1956. Incluye objetos tan dispares como tanques soviéticos o la pipa del Che.

La Habana Vieja es la esencia de la ciudad, concentra casi todo el legado colonial, cuya importancia le valió su declaración como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1982. Hay lugares magníficos, como la plaza de San Francisco, donde se instalo la primera fuente pública de La Habana. La plaza Vieja, con sus magníficos soportales. El Convento de Santa Clara, con un frondoso jardín tropical. O la calle Obispo, que es la más antigua de La Habana. Según Frank, mi guía, “caminar por ella, es una de las mejores opciones para sentir el corazón de la ciudad. Rebosa de comercios, heladerías, librerías, cafés, tiendas de recuerdos y restaurantes, que la convierten en una especie de calle mayor”. En el número 557 esta el Floridita, justo donde Hemingway tomaba sus Daiquiris. Junto a él está una de las pocas cavas de Habanos, propiedad del estado, que vende ron y puros. La Bodeguita del Medio, en Empedrado 207, es otro clásico célebre por sus mojitos y el lechón asado. Aunque mi lugar preferido es uno de esos dos bares de la calle Obispo que no tienen nombre, pero que todo el mundo conoce, donde los foráneos se mezclan con los autóctonos en una excelente comunión.

La Habana Vieja, un espacio de 2 km2 habitado por unas 50,000 personas, es mucho más que todos sus encantos históricos y sus míticas tabernas, es la nueva Cuba. “Todo el mundo señala que es la punta de lanza de una gran transformación que se avecina”, me apunta Frank. Cada vez se abren más negocios privados, que están dando un talante novedoso al comercio, casi cada semana se inaugura un nuevo establecimiento en esta zona de la ciudad, y son numerosos los locales donde

Cabaret Tropicana

hay obras para abrir en breve una iniciativa privada. Hace años que el gobierno decidió que la Habana Vieja debía ser recuperada antes de que fuera devorada por la ruina que la acechaba; en los años 80 todo se caía por dejadez. Frank, me informa que, “Eusebio Leal, es el artífice de una gestión magistral de un proyecto que ha durado décadas para devolver el esplendor a más de 200 edificios históricos de la zona. Ahora el gobierno está incitando y apoyando a la inversión privada para que adquiera edificios y los restauren”. Un nuevo cambio que persigue acelerar la mejora del patrimonio arquitectónico en toda la ciudad, que aún en muchísimos lugares está hecho una pena.

Es suficiente un paseo por el centro histórico para ver que hay notas de color, con un cierto aire “cool”, que puede ser más palpable en lugares como calle San Ignacio o Plaza Vieja. En la última, es donde los cambios son más apreciables. En algo más de un año, donde todos los negocios eran propiedad del estado, han surgido interesantes propuestas privadas. Como la Vitrola, un restaurante inspirado en los años cincuenta que sirve cocina local a precios razonables, frecuentado por las nuevas clases adineradas, e inalcanzable para la gran mayoría de la población. Casi puerta con puerta está la Cervecería La Factoría, un local especializado en la fabricación propia de cerveza, cuyo camarero me dice con orgullo, “que la cerveza se produce con tecnología procedente de Austria”. El merito de ser los primeros en abrir sus puertas en la plaza, lo tiene el Café bohemio. Y mi preferido, es Azúcar, un interesante local donde tomar una copa o comer, con unas espectaculares vistas sobre la plaza. Otros comercios a destacar en la Habana Vieja, por su originalidad, que están trasformando el paisaje económico y social de la zona, son: Clandestina, una tienda de diseños rompedores cuyo lema es “99 % diseño cubano”, que destaca por sus atrevidas camisetas ofertadas a unos 10 €. Y La Marca, un estudio de tatuaje formado por 7 personas jóvenes que derrochan ilusión y ganas de comerse el mundo; “por aquí ya han pasado a tatuarse personajes de entidad, como CJ Ramone, el ex-bajista de la mítica banda estadounidense Los Ramones”, me comenta el tatuador Leo Canosa. No se puede abandonar esta zona de la Habana sin visitar su preciosa catedral, donde convive el culto católico con la santería.

Como diría un habanero, a unas cuadras del centro histórico se halla El Malecón, uno de los paseos más famosos del mundo. Un gigantesco rompeolas que es un emblema de la ciudad donde sus habitantes pasean junto al mar, al amparo de la brisa y el agua pulverizada que producen las olas al chocar contra él. Es un escaparate de la vida social de la ciudad, que tiene 8 kilómetros de largo, entre la torre de la Chorrera al oeste y el Castillo de la Punta al este. Para Frank, “el mayor cambio que ha experimentado el malecón con la llegada de los nuevos tiempos, ha sido el de la reapertura de la Embajada Americana”, donde ondea una modesta bandera estadounidense.

Vista de Centro Habana.

Otro gran atractivo de la urbe más bella del Caribe, es la alegría que inunda todo con la caída del sol. La vida nocturna destaca por su amplia oferta para disfrutar de espectáculos y ritmos locales. El cabaret más clásico y famoso es Tropicana, que recrea la concepción del Show propio de los años cincuenta. Muchos hoteles como el emblemático Nacional o Capri cuentan con cabaret o sala de fiestas. Para oír la música de troveros y soneros conviene acercarse a la Casa de la Trova. La zona de la Rampa, en el Vedado, goza a lo largo de toda la semana de gran animación. Aquí se halla La Zorra y El Cuervo, un local que según los entendidos brinda el mejor jazz cubano en directo. En la Habana se puede escuchar música y bailar casi en cualquier sitio, estamos en la ciudad con las noches más libres del planeta.

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