FORMENTERA, el lujo de la naturalidad.

Paraísos hay diversos en la faz de la tierra, pero uno de ellos está mucho más cerca de lo que imaginamos. Suspendida en las tranquilas aguas del Mare Nostrum, casi levitando en ellas, se encuentra Formentera. Una isla balear a la que han definido como ‘el último paraíso del Mediterráno’ por el distanciaminto casi ‘brechtiano’ del mundanal ruido que le proporciona el ser accesible solo por mar (carece de aeropuerto) lo que la ha preservado del turismo. Y eso sí es un lujo: el lujo de ser natural y mantener intactas sus señas de identidad.

De esto se da uno cuenta nada más tomar el ferry que conduce hasta ella. Poco a poco, como en un majestuoso traveling visual, la menor de las Pitiusas se va agrandando ante nuestros ojos al tiempo que olvidamos las prisas, el estrés… la esclavitud del reloj. Una isla que ha apostado por la sostenibilidad en el que el 80% de su superficie –que es de unos 84 km2– está protegido.

Puesta de sol en Ses Illetes

Nada más poner pie en tierra en la isla que el cine popularizó con ‘Lucía y el sexo’, (2001) se observa que hay más motos y bicicletas que coches, cuya entrada está restringida en verano. Esto forma parte del pionero proyecto ‘Formentera.eco’ cuyo objetivo es reducir en cuatro años el número de vehículos en un 16% para fomentar un cambio de hábitos más saludable. Entre ellos el andar… o el pedalear. Para ello, la isla dispone de 130 kilómetros de rutas verdes distribuidas en 32 itinenarios, que permiten descubrir los atractivos patrimoniales del interior, como el sepulcro megalítico de Ca Na Costa, el yacimiento arquelógico más antiguo de las Baleares, del año 2.000 a.C.

Otro lujo natural de Formentera son las rutas a caballo. Hay dos que parten del Centro Hípico ubicado entre La Savina y San Francesc, la capital. La corta (una hora) bordea el Estany del Peix; la larga (dos horas) llega a cala Saona.

Formentera es digna de disfrutarse con los cinco sentidos. Y uno de ellos, el oído, tiene un potente imán natural: sus rutas birding, en las que escuchar la celestial sinfonía de las aves migratorias. Este año se ha estrenado una nueva, el ‘Itinerario ornitológico del Camí des Brolls’, una senda de 4,3 kilómetros que recorre el perímetro del Estany Pudent, con 8 paneles y una pantalla de observación para ver y entender uno de los humedales con mayor valor biológico.

Pero el gran poder de seducción de la isla son sus playas y calas, repartidas a lo largo de sus 69 kilómetros de costa. De ellas destada Ses Illetes, al noroeste, siempre entre las mejores del mundo. Pero hay muchas más para elegir. En la misma zona: la de Llevant, miranto al este; o Cavall d’en Borras, a poniente, mucho más tranquila y salvaje. Al norte, Es Pujols y Sa Roqueta, en el municipio con la mayor oferta hotelera y de ocio. Al sur, Migjorn, la más extensa: 5 kilómetros repartidos en varias playas y calas. Y al noroeste, Ses Platgetes, amparadas por Es Caló, que aun conserva su esencia de antiguo pueblo de pescadores. Y todas ellas, con un denominador común: el ‘azul Formentera’, único en el mundo. Una transparencia en sus aguas que le otorga la Posidonia Oceánica (Patrimonio de la Humanidad desde 1999 y el ser vivo más longevo del planeta, con 100.000 años de antigüedad) que está bajo el mar Mediterráneo

También la gastronomía atrapa al visitante y cautiva su paladar. Cocina traticional con productos de proximidad al alcance de todos gracias al Mapa Slow Food, creado en 2019, que identifica 16 lugares repartidos por toda la isla, donde adquirir estos productos.

Y como guinda, el mágico espectáculo natural de los amaneceres y atardeceres. Para ver salir el sol, nada mejor que el faro de la Mola, al este, en la parte más alta de la isla. Allí también está el pueblo el Pilar de la Mola, con un mercadillo de artesanía todos los miércoles y domingos tarde. Pura bohemia que conserva el aire hippy que en los años sesenta le dieron músicos como Pau Riba o los rockeros King Crimson, quienes compusieron la mítica canción ‘Formentera Lady’. El faro de la Mola es un lugar mágico que inspiró una de las novelas de Julio Verne: ‘Héctor Servadac’ (1877), como certifica una placa en su honor del célebre escritor francés.

Ensalada payesa. De Vogamari Restaurant, en la playa de Migjorn.

Y para despedir el día, nada mejor que desplazarse hasta el Cabo de Barbaria, al suroeste. En medio de un paraje semilunar, los rotundos acantilados que lo arropan se transforman al atardecer en improvisados palcos desde donde contemplar cómo el sol se acuna en el horinzonte mediterráneo hasta desaparecer dejando el cielo teñido de su rojiza estela. ¿Es o no esto un lujo? Naturalmente…

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