Este estado al norte de la India encarna la esencia del país, la visión romántica con la que todo viajero sueña; fastuosos palacios, mujeres que portan saris de colores vivos, hombres con abultados turbantes a lomos de dromedarios o elefantes, lagos sagrados y el gran desierto del Thar. Su pasado legendario, la ha dotado de un gran patrimonio histórico y de un legado cultural que enamoran
Un autobús suicida me conduce hasta Rajastán, la antigua Rajputana, donde reinaron temibles clanes guerreros rajputas que portaban espadas ribeteadas de oro. El conductor realiza bruscas e inesperadas maniobras que aderezadas con el mal estado de la carretera hacen que lleve un continuo balanceo con sobresaltos, que en dos ocasiones me han hecho dar con la cabeza en el techo; está claro que aunque es de noche y voy en litera va a ser difícil conciliar el sueño. La tierra a la que me dirijo, de siempre fue una puerta hostil para penetrar en el subcontinente indio, y punto de partida para caravanas de especias que se dirigían a la Península Arábica y Europa. Actualmente, y aunque durante los últimos años se ha modernizado, es uno de los estados más atrasados de la India que sigue guardando tradiciones y costumbres ancestrales que recrean una población amigable, donde las mujeres portan saris multicolores y los obres lucen llamativos turbantes.

La región de Rajastán está atravesada en diagonal por la cordillera de los Arawalli, cuya cumbre más alta es el Monte Abu, que culmina a 1770 metros. Hacia el oeste se extiende una zona de estepa as áridas, el Marwar, que se prolonga hasta la frontera pakistaní mediante el desierto del Thar. Ésta es el área donde reinaban las caravanas de camellos que articulaban el comercio que enriqueció a Jaisalmer, Bikaner y Jodhpur

El autocar surca la noche. La oscuridad inunda la yerma llanura cubierta por un cielo sembrado de estrellas. El viento seco que se introduce por la ventana aporta a mi estancia un agradable aroma natural que aporta escasa biomasa que flanquea la carretera que conduce hasta Jaipur. Por encima de los traqueteos del esqueleto del vehículo llegan los bocinazos que de vez en cuando da el conductor avisando a un vehículo de que lo va a adelantar, como casi siempre, en una maniobra que suele ser de riesgo.
¿Está de vacaciones?, me pregunta un treintañero con el pelo engominado y un aipod en la mano que parece fuera de lugar. Intenta pegar la hebra conmigo, pues como yo, tiene claro que ni muerto va a comer algo en este chiringuito de carretera de dudosa higiene donde no sirven nada embotellado. En un instante el grupo se agranda con dos hombres tocados por turbantes de colores casi fluorescentes, que beben a cortos sorbos un caliente chai. Las preguntas más insospechadas arrecian. El conductor del autobús se apunta a la tertulia y me pregunta de una tacada por mi procedencia y mi ocupación. La conversación adquiere un carácter muy distendido donde surgen las bromas y el buen humor. De repente, un potente claxon accionado por el ayudante del conductor para anunciar que ha terminado la parada, hace que todos los contertulios volvamos a la realidad.
Son las ocho de la mañana. Momento en el que entramos en la estación de autobuses de Jaipur; todo un caos ordenado. Mujeres con saris relucientes, empleados de la estación con la ropa raída que descargan las maletas en busca de una propina, niños revoltosos que juegan con un mono, vendedores de fruta, un ciego con el que inesperadamente me choco………….son imágenes que me asaltan mientra me dirijo cargado con el equipo fotográfico y la maleta por una estación que parece un gran bazar, lleno de miradas que no dejan de clavarse en mis movimientos. Fuera, un dromedario a la sombra de un árbol come plácidamente, y junto a él varios Tutuk esperan a los clientes; me subo a uno y me dirijo al hotel.

La ciudad rosa
Jaipur, conocida como la ciudad rosa y capital del Rajastán. Fue erigida en 1670 por el maharajá Jai Singh II, que abandonó la antigua capital de Amber y mandó construir una ciudad nueva inspirándose en un viejo tratado de arquitectura, el Shilpa-Shastra. Encargó los planos de la nueva ciudad a un sacerdote bengalí que conocía todos los secretos de la arquitectura sagrada. Nació una ciudad amplia de anchas avenidas y ordenados bazares, algo inusual en la India que genero admiración; y eso que aún no era la ciudad rosa. Fue pintada por el color que le da nombre en 1876, con motivo de una visita del príncipe de Gales.Actualmente el rosa sigue inundando todas las fachadas del entramado urbano de la ciudad, que alberga maravillosos havelis y está salpicado de templos hindúes y jainistas. Sin embargo, durante la última década la ciudad ha cambiado a gran velocidad debido al gran incremento del tráfico que ha trasformado el ambiente y la manera de vivir los espacios públicos. Cuesta ver animales de carga por sus calles y la contaminación alcanza cotas elevadas. Ya no es aquella ciudad de carácter rural que latía al ritmo de otros tiempos. Jaipur es una ciudad de dos millones de habitantes en torno a la que se articula un estado de 54 millones de personas. Hay mucho que ver: como el Jantar Mantar(observatorio astronómico) donde los astrólogos aún miran al cielo para fijar la entrada del monzón o la fecha idónea para celebrar una boda; el Hawa Mahal (el Palacio de los Vientos), una fantástica estructura de cinco plantas con un sin fin de vanos tamizados por los que las damas de la casa real observaban el discurrir de la vida diaria sin poder ser vistas; el Museo City Palace, residencia de los maharajas desde el siglo XVIII; y el fuerte de Amber, al que los turistas suben a lomos de fatigados elefantes que en ocasiones sufren maltrato. Amber es una imponente fortaleza que fue levantada en 1592 por el clan Kachhawaha, y debido a su monumentalidad, es necesario reservar media jornada para poder hacer la visita con sosiego.

Tras cinco horas en autocar, después de serpentear por una angosta carretera, se llega a Pushkar. Según la leyenda, Brahma dejó caer una flor de loto en la tierra y surgió la ciudad que en este momento me acoge. Un lugar mágico hindú en medio del desierto al que acuden cientos de peregrinos. En esta población todo gira entorno a un gran místico lago que emana magnetismo. El lago está rodeado de ghats sagrados y templos entre los que se encuentra uno de los pocos del mundo dedicados a Brahma. Es un lugar que rezuma magia por todos sus rincones, sin embargo, hay que tener cuidado; son abundantes los sacerdotes de poca monta que intentan camelar al turista o al inocente peregrino, para sacarle unas monedas por una ofrenda carente de veracidad. Una vez al año Pushkar adquiere su mayor esplendor. Cada luna llena de noviembre, más de cincuenta mil dromedarios se dan cita en una feria que inunda la ciudad de gente, ascetas, mercachifles,malabaristas, mercaderes, tiovivos y un sin fin de personajes que aparecen al calor de la masa humana.
En Udaipur
Udaipur es de esas ciudades que nunca se olvidan, un destino al que siempre se quiere volver. Es una de las estampas más románticas de la India que emerge como un vergel en un estado marcado por la aridez. El centro histórico de esta delicada ciudad se ordena entorno al artificial lago de Pichola, que toma su nombre del pueblo que ocupaba el espacio inundado. Sentado en su orilla, sobre los escalones de Gangur Ghat, observo en su centro el Lake Palace, que hoy es el hotel de lujo más famoso de Asia; flota sobre las mansas aguas del lago. Y más allá. Aguas adentro, en la isla de Jagmandir, otro palacio erigido en 1620 ha sido trasformado en hotel. Y frente a ellos, reflejando su gran fachada de 500 metros se alza en la orilla del lago el monumental City Palace, que alberga en su interior un intrincado laberinto de patios, estancias y pasillos; una parte está ocupada por la familia del maharajá, otra está abierta al público, y una tercera ha sido trasformada en un encantador hotel, el Fateh Prakash. Desde que en 1970 Indira Gandhi derogó los títulos y favores económicos de los que gozaban los maharajas, estos han tenido que trasformarse en empresarios turísticos para explotar el potencial de sus posesiones, en el mejor de los casos. En otros, fueron despojados de sus palacios y los explota el estado. Pero Udaipur no son sólo sus palacios, ofrece un entrañable centro histórico cargado de havelis coronado por la cima que dibuja el impresionante templo jainista de Jagdish Mandir erigido en honor a Visnú. A él se accede por una gran escalinata flanqueada en su cima por dos enormes esculturas de elefantes que dan la bienvenida.

Jodhpur se extiende a las puertas del desierto teñida de añil, por algo es conocida como la ciudad azul, y protegida por el intimidador fuerte de Mehrangarh. Desde sus almenas llega a mis oídos la algarabía del Bazar. Debajo un dédalo de calles muestra una actividad incesante. Al fondo se alza el inmenso Umaid Bhawan Palace, la última locura del maharajá Umaid Singh justo antes de la independencia de la India. El resultado es espectacular: una planta de cien por doscientos metros con 347 habitaciones, que desgraciadamente no se puede visitar; Solo son accesibles al público unas dependencias que no compensan el esfuerzo que requiere el gran desplazamiento que se debe hacer desde el centro de la ciudad. Decido dirigir mis pasos al Jaswant Thada, un cenotafio de mármol maravilloso, que está a muy poca distancia del fuerte y alberga la tumba de Jaswant Singh II; el edificio es uno de los mejores ejemplos de arquitectura rajput, que además brinda unas asombrosas vistas sobre Mehrangarh.

La última ciudad de nuestro periplo por el Rajastán es la legendaria Jaisalmer, ubicada a unos 600 kilómetros de Jaipur, y destino soñado por muchísimos viajeros que acuden hasta ella para conocerla. Sus espectaculares havelis, los más bellos del Rajastan, no defraudan nunca; el más impresionante es Patwa-ki-Haveli levantado en un estrecho callejón que engrandece su belleza. Lo levantaron cinco hermanos que se dedicaban al comercio de joyas y brocados. Su interior merece una visita para ver como se distribuye una construcción de estas características. En su azotea las vistas son espectaculares. Abajo se extiende una urbe dorada, gracias al color de la piedra caliza con la que construyen aquí las casas. En frente sobre una colina se alza el fuerte de Jaisalmer que alberga en su interior un abigarrado entramado urbano que cargado de devencijados havelis, templos y la antigua residencia del Raj. No hay que olvidar que Jaisalmer es la puerta del desierto del Thar. Los descendientes de los dromedarios que antaño formaban parte de las caravanas que articulaban el comercio del Rajastán, ahora transportan hordas de turistas a las dunas de Sam. Hay que tener en cuenta que el desierto del Thar tiene muy pocas zonas de dunas, es una gran área inhóspita salpicada de pequeñas poblaciones con una vegetación xerófila. La mejor manera de conocerlo es con un safari de varios días por los alrededores de Jaisalmer. Después de una dura jornada a lomos del constante traqueteo de un dromedario, llega la gran recompensa; un chai a la vera de una hoguera que me protege del frió que inunda el desierto al caer el sol. Observo un cielo abarrotado de estrellas que parecen brillar más que nunca. Los cantos que a coro entonan los guías mientras hacen la cena evocan la India más mítica, la que todo viajero espera hallar en el Rajastán.
