En la parte más meridional de Túnez, desde la frontera con Argelia hasta la isla de Djerba, se extiende un hábitat inhóspito que configura uno de los espacios más enigmáticos y sorprendentes del norte de África; es la antesala de Sahara y los viajeros le dan el sobrenombre de El Gran Sur.
La puerta de El Gran Sur es la ciudad de Gafsa, cuyas modestas vías de comunicaciones son un importante nudo que articula el sur con el norte del país. Para mí, es una parada obligada después de 8 horas de tren desde la capital. El lugar es uno de los pocos que se mantiene al margen de las rutas turísticas, debido a los afamados oasis que tiene a pocos quilómetros y al aparente escaso interés turístico que posee. Y digo aparente, porque Gafsa alberga una medina pequeña, pero muy interesante; en el centro de la misma hay dos impresionantes cisternas romanas hechas con grandes sillares de piedra, donde los niños más osados no dudan en tomar un baño a la salida del colegio. Junto a ellas, hay un café con una terraza magnífica y el museo de Arqueología e Historia, que acoge unos grandes mosaicos romanos del siglo IV. La ciudad también tiene una enorme muralla, que es parte de una Kasbah construida en 1436 por Abou Abdallah Mohamed, su interior funciona incomprensiblemente coma parking y el exterior brinda un tranquilo paseo junto al palmeral. Hay que decir que Gafsa es el oasis más septentrional y que produce los mejores pistachos de Túnez.

Las majestuosas gargantas de Seldja me aguardan a la mañana siguiente en Metlaoui, desde su estación de tren sale el mítico Lézard Rouge. Un pequeño ferrocarril que regaló Francia al rey de Túnez en 1940, totalmente restaurado y acondicionado para cargar con hordas de turistas ansiosos de ver los lindos paisajes que recorre. Este vehículo, de aires coloniales, serpentea hasta la estación de Seldja por un gran cañón dibujado por sobrecogedores desfiladeros, donde parece que de un momento a otro puede aparecer Lawrence de Arabia

LOS OASIS DE MONTAÑA
Para ver los oasis de montaña, ya no hay que hacer peripecias con el coche por pistas de difícil conducción donde en muchas ocasiones era necesaria la ayuda de los autóctonos para salir de situaciones complicadas. Ahora unas humildes carreteras llegan hasta los recónditos oasis de Chebika, Tamerza y Mides. En Tamerza hay que dejar atrás el pueblo nuevo para llegar hasta la vieja ciudad, que presenta un aspecto de fortaleza en ruinas donde destacan claramente las cúpulas blancas de un morabito y la mezquita; caminar por sus derruidas calles, es respirar aires del pasado que nunca volverán. Siguiendo por el lecho del quady, en dirección al pueblo nuevo, llegará hasta un chiringuito donde disfrutar de un té y del frescor que proporciona una bella cascada. En sus inmediaciones, descubrirá gargantas de ensueño y podrá dejar atrás el aliento de jóvenes guías incansables que confunden el negocio del turismo con el de la estampita. Sobretodo, si viaja sin coche y dependes de los servicios de alguien para visitar los otros dos oasis de montaña que restan, diríjase al Centro de Iniciativas donde por un precio coherente ofrecen varias alternativas para ver la zona. Una buena excursión, para los que tengan condiciones físicas, es ir hasta el oasis de Mides a pie por los cañones labrados en la roca que conducen hasta él; la caminata, excepto en época de lluvias, es cómoda y se puede realizar en unas dos horas. Este pueblo está abandonado desde 1969 y colgado de un impresionante risco que ofrece unas extraordinarias vistas sobre la enorme garganta que conduce las aguas que recoge el quady. Cuando paseo por los bordes de los desfiladeros que rodean las casas de Mides, entiendo porque aquí se han grabado un gran número de escenas que forman parte de la película El paciente inglés. El paisaje es espectacular; la roca brinda formaciones insólitas, como una montaña en medio de la garganta que parece el casco de un barco, o la cara de una gran lechuza que ha dibujado el azahar erosivo en el barranco que hay frente a la cara sur del pueblo. El tercer oasis que me ha conducido hasta éste extremo del país es Chebika, cuya población se trasladó al llano en los sesenta debido a los bloques de piedra que la montaña desprendía. Las antiguas viviendas están emplazadas en un saliente a modo de balcón que proporciona unas vistas esplendidas de todo el enclave y las montañas colindantes.

EL SUR MÁS MÁGICO
El paradigma del oasis tunecino, y uno de los más famosos del mundo, es el de Tozeur. Goza de una misteriosa medina y un inmenso palmeral que está considerado el más grande del país; alberga más de 400.000 palmeras, irrigadas por dos centenares de fuentes.
La medina es un conjunto arquitectónico muy hermoso, que dibuja un intrincado laberinto donde es imposible no perderse, construido con un ladrillo de color muy similar al de la arena del desierto. Al caminar por sus calles, lo que más me sorprende, por ser diferente a otras medinas que he visto, es la ornamentación geométrica que tienen los muros y los contornos de los vanos, que la dotan de un carácter especial. Para profundizar más en el conocimiento de la medina lo ideal es acercarse hasta la fábrica donde se hacen los ladrillos que la constituyen, a las afueras de Tozeur. Llegar hasta ella resulta fácil desde el mirador Belvédere, siguiendo la estela de humo que generan los hornos. Son muy amables, casi nadie los visita, para ellos es un honor que se acerque un turista a conocer su trabajo. Os mostraran todo el proceso con un gran entusiasmo

El inmenso palmeral merece una visita sin prisas, es una gran masa boscosa que se divide en tres niveles muy diferenciados: el inferior compuesto por las tierras de cultivo, el intermedio por los árboles frutales, y el piso superior por palmeras que mantienen todo bajo una refrigeradora sombra. De la palmera se aprovecha todo, no sólo el dátil: la savia para destilar vino de palma, las hojas para elaborar cestería, los troncos para hacer vigas o tablones, e incluso los huesos de los dátiles son consumidos como golosinas por los camellos
A muy pocos kilómetros está Nefta, el segundo centro religioso más importante de Túnez después de Kairuán, cuenta con una veintena de mezquitas y unos cien morabitos. Su palmeral, conocido por el nombre del oasis de la Corbeille o cesta, es famoso por producir los mejores dátiles del país, denominados deglet-nur, o dedos de luz. El morabito más bello está dentro del palmeral y es del siglo XIII, en él se haya enterrado Sidi bou Ali, un santo de Nefta venerado en todo Túnez.

Para llegar a Douz, “la puerta del desierto”, hay que atravesar Chott El-Djerid. Un inmenso lago salado que suele tener una capa de sal sobre una arena fangosa. Es muy peligroso caminar sobre las placas de sal, son numerosas las leyendas que cuentan como el lago se trago caravanas que pretendían cruzarlo. En él se puede disfrutar durante los días de sol radiante de un fenómeno tan especial como los espejismos; la sal, los rayos del sol y la vista se conjugan de forma fantástica para ofrecer ilusiones en el lejano horizonte del chott. Cuando las lluvias lo llenan en invierno, durante unos pocos días, el lago salado abandona su aspecto de alfombra blanca por el de un mar interior.
Por fin Douz, la antesala del Sahara. En cuanto se pone un pie fuera del pueblo aparecen las primeras formaciones de dunas, justo donde los grandes hoteles se han instalado. Además de su impresionante plaza con soportales encalados, merece la pena ver el mercado que tiene lugar todos los jueves; el centro se trasforma en un gran zoco donde concurren lugareños, gente de todas las poblaciones cercanas y turistas. La parte más atractiva es la destinada al comercio de los animales, dedicada casi en exclusiva a ovejas. Es fabuloso ver como regatean para cerrar los tratos; se crean corros en torno a hombres que discuten acaloradamente, mientras los mirones comentan el lance. Si quiere disfrutar del desierto al margen del agobio que produce el gran número de turistas que normalmente acoge Douz, sobretodo en temporada alta, lo mejor es que vaya a Zaafrane. Adentrándose un poco por las primeras dunas descubrirá el viejo pueblo de Zaafrane, sepultado parcialmente por la arena, que avanza inexorablemente. Hay muchas posibilidades para hacer excursiones en dromedario, si tiene tiempo contrate una de varios días, no es muy caro y la experiencia de caminar y dormir en pleno Sahara, es un recuerdo que seguramente le acompañará toda la vida.

La siguiente parada ineludible en un periplo por el Gran Sur es Matmata la vieja; un pueblo de origen troglodita que se ha convertido en un espejismo de lo que era. Sus viviendas excavadas en el subsuelo son conocidas por todo el mundo desde que se rodó en una de ellas varios pasajes de “La guerra de las Galaxias”. Y digo un espejismo, porque casi todos los habitantes de Matmata se han trasladado a la nueva Matmata donde nadie vive en cuevas, y los que quedan en la vieja Matmata también se ha instalado en casas normales. Son muy pocas las personas que viven a día de hoy bajo tierra. Las pocas cuevas que quedan, en su mayoría están destinadas al turismo. No obstante, son suficientes para hacerse una idea de cómo vivían antiguamente los matmatas . A las casas trogloditas se accede mediante un túnel que penetra en el subsuelo hasta un gran patio a cielo abierto que se ubica a unos 8 metros por debajo del suelo, entorno a él se distribuyen las dependencias de la cueva. La luz penetra siempre en la vivienda troglodita que goza de temperatura fresca en verano y suavizada en invierno. A veces estos hogares están constituidos por varios patios o cráteres que están conectados entre ellos, algunos son auténticos laberintos. Un buen ejemplo es el hotel Sidi Idris, que incluso tiene a la entrada un plano para no perderse en las numerosas ramificaciones que tiene; por él pasa cada día una ingente cantidad de turistas para ver los decorados y el lugar donde se grabo una breve escena de la Guerra de las Galaxias

RUTA DE LOS KSOUR.
Desde Medenine hasta la frontera con Libia se extiende un amplio territorio semidesértico de pueblos y paisajes asombrosos que es conocido como “La región de los ksour”. Los ksour ( el plural de ksar ) es una especie de fortaleza que suele estar en una colina, compuesta por gorfas o graneros de formas abombadas con pequeños vanos. El exterior presenta muros ciegos y una única puerta por la que acceder al interior donde las gorfas, que pueden llegar a tener hasta tres y cuatro pisos, se ordenan entorno a un gran patio o plaza central. Antiguamente, en ésta inhóspita región las provisiones eran muy importantes para superar las duras épocas de escasez, durante esos periodos aparecían saqueadores en busca de suministros de forraje, aceite o cereales. Para luchar contra estos vándalos se levantaron los ksour, donde cada familia del pueblo tenía unas gorfas asignadas para guardar sus reservas, a veces incluso joyas en falsas paredes muy bien camufladas. El ksar siempre estaba vigilado por guardianes, que tenían unas llaves muy peculiares talladas en olivo para abrir los portones de las gorfas. A día de hoy se mantienen en pie más de 100 ksour en la región. Los más interesantes por su majestuosidad son: Ksar Haddada, que sirvió en 1997 como plató para que George Lucas grabara algunas escenas de “La amenaza fantasma”; Ksar ouled Debbab, uno de los ksour más preciosos; Douirat el viejo, un conjunto tenebroso encaramado a una montaña salpicada de morabitos en su base; Chenini, el enclaves más reproducido en los folletos que turismo de Túnez reparte en FITUR y Ksar ouled Soltane, considerado el más bello ksar del sur de Túnez

Después de un duro viaje por el mítico Gran sur, la mejor forma de tomar fuerzas antes de regresar a casa es pasando unos días en la isla de Djerba, disfrutando de la brisa del Mediterráneo. El lugar es todo lo contrario a una isla de exuberante vegetación tropical y montañas espectaculares. Su atractivo reside en un clima suave, paisajes extremadamente serenos que invitan a recorrerla en bicicleta, sugerentes mezquitas y zonas casi deshabitadas que emanan pureza. La capital, Houmt-Souk, posee el fuerte Borj el-Kebir o Mustapha Ghazi y una entrañable medina con un mercado donde cada día tiene lugar una subasta de pescado muy peculiar. En un recorrido por la isla hay dos paradas y una ruta que son obligadas. La primera es en el caserío alfarero de Guellala, cuyos hornos llevan siglos cociendo barro. Antes elaboraban ánforas en grandes cantidades para transportar vino y aceite; ahora se han decantado por artículos más comerciales destinados al turista. La segunda parada es en la sinagoga Ghirba, un reducto judío con grandes medidas de seguridad, que es conocida por el sobrenombre de la bella. En su interior las voces de un grupo de hombres salmodian de sol a sol en un ambiente cargado de espiritualidad. Y por último, la ruta que no se puede pasar por alto es la que recorre la costa oeste de Djerba por una pista en muy buen estado, es una zona virgen donde reina la soledad. No hay lugares para el baño, pero si una costa salvaje donde ver trabajar a las mariscadoras, disfrutar de mezquitas junto al mar que ofrecen estampas sorprendentes y saborear un embriagador atardecer junto al faro que guía los barcos que surcan estas aguas
