En 2025, pocas piezas de alta relojería han alcanzado el estatus cultural del Jaeger-LeCoultre Reverso. Lo lleva Andrew Garfield en alfombras rojas, lo luce Jeremy Allen White en editoriales de moda y aparece constantemente en sesiones fotográficas que reivindican el regreso del reloj clásico con personalidad. Su diseño art déco, su mística histórica y su inconfundible caja reversible lo han convertido en un icono transversal: elegante para las ceremonias más formales y, al mismo tiempo, lo suficientemente atrevido para acompañar a la generación actual de actores, creativos y coleccionistas. Sin embargo, su reputación como reloj de vestir por excelencia esconde un origen insólito: nació como reloj deportivo.
La historia arranca en 1930, cuando el empresario suizo César de Trey asistió a un partido de polo en la India. Allí observó cómo los oficiales británicos terminaban los encuentros con sus relojes destrozados por los golpes del juego. Según la leyenda, lo desafiaron a crear un reloj capaz de resistir la violencia del mazo y, al mismo tiempo, mantener la elegancia necesaria para acompañar un uniforme militar. De Trey llevó el reto a Suiza y se lo presentó a Jacques-David LeCoultre, tercera generación al frente de LeCoultre & Cie.

LeCoultre consideró que el proyecto debía compartirlo con su socio de larga data, el relojero parisino Edmond Jaeger, famoso por suministrar instrumentos a la Armada francesa. Jaeger recurrió entonces al ingenio del diseñador René-Alfred Chauvot, quien ideó una caja deslizante y pivotante capaz de girar 180 grados. Al invertirla, la esfera quedaba protegida por una tapa lisa de acero inoxidable. El 4 de marzo de 1931, Chauvot registró la patente de este sistema, marcando el nacimiento técnico del Reverso.
De Trey registró el nombre y creó la empresa encargada de distribuir el reloj. La producción se encargó al fabricante ginebrino de cajas AE Wenger, mientras que el movimiento inicial se obtuvo de Tavannes, pues LeCoultre todavía no disponía de un calibre con la forma adecuada. Con unas líneas rectangulares perfectas para la estética de la época y una funcionalidad inesperada, el Reverso se convirtió de inmediato en un objeto de deseo más allá del campo de polo.

La tapa trasera, concebida para resistir golpes, terminó siendo un lienzo ideal para grabados personalizados. Entre los ejemplos más famosos conservados en el museo de Jaeger-LeCoultre se encuentran un Reverso de 1936 destinado al rey Eduardo VIII, el modelo con la ruta del vuelo de Amelia Earhart de 1935 y el reloj del general Douglas MacArthur, adquirido en subasta en 2015.
El éxito fue tal que otras casas se sintieron atraídas por el diseño. Patek Philippe produjo una serie limitada con licencia, Cartier lanzó modelos Tank Reverso y Hamilton comercializó su Otis reversible bajo la misma patente. Sin embargo, pese a la popularidad inicial, el estilo art déco cayó en desgracia tras la Segunda Guerra Mundial y el Reverso desapareció del catálogo durante dos décadas, aunque podía solicitarse por encargo.

El renacimiento llegó en los años setenta, cuando el distribuidor italiano Giorgio Corvo descubrió 200 cajas antiguas en la manufactura y las comercializó con un éxito rotundo. Jaeger-LeCoultre tomó nota y recuperó oficialmente el modelo, primero con movimientos de cuarzo y, a partir de 1975, con el calibre mecánico 846. A partir de los ochenta, el ingeniero Günter Blümlein, figura fundamental para el resurgir de la marca, convirtió el Reverso en plataforma creativa: llegaron la caja Grande Taille, los primeros tourbillones, repetidores de minutos y, sobre todo, los modelos de doble cara introducidos en 1994.
En 2025, el Reverso vive una nueva edad de oro. Es una pieza de culto, un icono transversal que conecta a coleccionistas tradicionales con jóvenes actores que abrazan su estética retro-futurista. Su historia combina innovación, deporte, arte y reinvención constante. Quizá sea esa versatilidad la que lo ha llevado a convertirse, sin discusión, en el reloj más genial del año.