JIVA, BUJARA Y SAMARCANDA. El corazón de la ruta de la seda

Poner un pie en el mágico triangulo que dibujan Jiva, Bujara y Samarcanda, es saborear las mieles de Uzbequistan. Un recorrido mágico donde descubrirás las ciudades que mejor preservan la esencia de la Ruta de la Seda en Centro Asia; te sorprenderá una arquitectura fantástica, tradiciones ancestrales y una población realmente amable y cercana.

Los escenarios de los cuentos de las “Mil y una noches” parecen cobrar vida en esta pequeña parte del mundo. Mezquitas irreales coronadas por cúpulas de ensoñación, caravansares misteriosos, harenes con una decoración fastuosa, palacios sobervios y bazares atestados de mercancias que rememoran la mejor época de este fabuloso triumbirato, que configuran Jiva, Bujara y Samarcanda. Lo que hoy es conocido como Uzbequistan, albergaba y sigue albergando, la esencia de la Ruta de la Seda; todos los mitos que emanan de los desiertos de Asia Central cobran vida aquí. La ferocidad conquistadora de sus gobernantes, y el papel fundamental que jugaban las tres ciudades en la ruta comercial más larga de la historia de la humanidad, las enriqueció sobremanera, erigiendose como urbes faraónicas en un entorno carente de ciudades, donde la mayoría de la población era nómada.

Vista de Khiva,

En la llanura uzbeka, al norte del desierto de Kyzylkum, Jiva acogía a las carabanas que surcaban Asia de punta a punta, acarreando mercancias valiosas. Tras la desaparición del imperio Timurida, fue con la fundación de un kanato cuando la ciudad prosperó exponemcialmente durante casi tres siglos que fueron dorados, donde el comercio de esclavos adquirió una importancia capital. En la puerta este de la ondulante muralla que protege la ciudad, aún se conservan los nichos donde las personas eran expuestas para su venta. Hoy son almacenes de tenderetes que venden souvenirs para turistas. Intramuros, la Ichan-Qala o ciudad vieja está dominada por el Kuhna Ark. Una fortificación palaciega donde residía el Kan. Destaca la sala del trono, donde el soberano recibía visitas y dispensaba justicia bajo un precioso iwan, un pórtico cubierto de azulejos con motivos ornamentales exquisitos. La azotea del palacio, como no podía ser de otra manera, brinda las mejores vistas de Ichan-Qala.

Aunque la restauración del centro histórico ha sido intensa durante las últimas décadas, los primeros trabajos de recuperación del patrimonio con cierta intensidad lo hicieron los soviéticos, tanto en Samarkanda, como en Bujará o Jiva. Aunque hay mucho por hacer, hoy lucen flamantes las tres. Tanto que en ocasiones han sido tildadas de ciudades museo. Una afirmación que carece de todo sentido, nada más debemos dar unos pasos fuera de los ejes turísticos para darnos de bruces con la vida cotidiana de los uzbekos. En el caso de Jiva, toparás con calles sin pavimento y casas de adobe donde las familias hacen vida en la calle,

El entramado urbano, polvoriento, tortuoso y laberíntigo de Jiva, alberga una sorpresa en cada esquina; madrazas, mezquitas, mausoleos, palacios, alminares… Resulta casi imposible no imaginar como fue esta ciudad durante su pasado esplendoroso, cuando sus caravansares albergaban cientos de personas junto a sus bestias y las delicadas mercancias que transportaban, casi se pueden escuchar las pisadas de los dromedarios y la música nocturna de los artistas que amenizaban las noches de los mercaderes, que llegaban a la ciudad ávidos de ocio y diversión.

Mausoleo de Qutlugh Ata, en Samarcanda.

Desde casi cualquier punto de Ichan-Qala es posible ver Kalta, el minarete inconcluso que es el icono de la ciudad. Fue mandado erigir en 1851 por Mohamed Ami, un kan obsesionado por la arquitectura monumental; según cuenta la leyenda, debía ser tan alto que permitiera ver los 500 km del camino que separa Jiva de Bujara. Afortunadamente el kan murió y el trabajo quedó inconcluso, legando una de las obras más preciosas de la arquitectura islámica. Un cilindro revestido de azulejos que no deja a nadie indiferente.

Hay dos visitas imprescindibles, que todo el que pone un pie en Jiva no se puede perder. Una es el Mausoleo Pahlavon Mahmud, donde ver a los lugareños rezar con devoción, Es la tumba más bonita que verás en todo el viaje, Su patio es sublime y el interior alberga una atmósfera de otro tiempo, donde con asiduidad un asistente del imán recita en voz alta el corán. La otra visita ineludible es el harén de Tosh Hovle, que alberga la decoración más suntuosa elaborada con azulejos azules, y los pilares de madera con una trabajada ornamentación tallada. Tiene nueve patios y 150 habitaciones, Fue mandado construir por Allakuli Khan. Un hombre impaciente, que mandó ejecutar al primer arquitecto por no terminar su trabajo en el tiempo acordado, dos años.

Nuestro periplo por tierras uzbekas nos conduce hasta Bujara, antigua capital de un reino samánida que extendió sus tentáculos entre los siglos IX y X desde lo que hoy es Pakistán hasta Mongolia. Fomentaron con ainco las artes y la religión, sembrando la ciudad de madrasas donde impartian clase ilustres profesores, como el filósofo Ibn Siná o el poeta Hakim Abul Quasim Firdawsi; figuras capitales de la cultura islámica persa. La ciudad fue un manantial de sabiduría, con gran influencia en todo Asia Central.

Mujer con traje tradicional, Samarcanda.

Después de dos siglos bajo el dominio de dos pequeñas dinastias, los Karakhanid y los Karakitay, la ciudad cayo en manos de Gengis Kan en 1220. Tal y como hizo con otras poblaciones de la región, Bujará fue arrasada, No quedó nada en pie, salvo el minarete Kalom. Una obra maestra de la arquitectura islámica construida en 1127, donde la mampostería alcanza la excelencia. Se alza a 47 metros del suelo. Y ha sido a lo largo de los siglos el emblema de la ciudad. Prendado por su majestuosa belleza, Gengis Kan dió ordenes expresas a sus tropas para que lo respetaran. Además de cumplir las funciones destinadas a todo alminar, su luz era un faro para orientar a las carabanas cuando les sorprendia una tormenta de arena o se encontraban viajando de noche,

El minarete es parte de la mezquita Kalom, un templo que se alza en el lugar donde estaba el que destruyó el conquistados mongol. Tiene cabida para más de 10.000 fieles y es de gran interés el trabajo de alicatado en los muros del gran patio central; durante la época soviética fue un almacen y no volvió a ser dedicado al culto hasta 1991. Frente a ella está la madraza Mir-i-Arab. Una construcción de dos plantas, presidida por un iwan colosal con una recargada ornamentación, que está rematada por dos cúpulas revestidas de azulejos azules que flanquean la madrasa. Junto al minarete Kalom y su mezquita configuran una plaza sobervia.

Hasta hace un siglo, Bujara era una ciudad trufada de canales que albergaba más de 200 albercas en su entramado urbano. Entorno a ellas la gente se reunía para hablar y debatir sobre los últimos chismorreos de la ciudad; eran lugares de espacimiento. Debido a que el agua no fluia con mucha intensidad, Bujará era famosa por las enfermedades que sus ciudadanos adquirian transmitidas por la insalubridad del agua de sus estanques, que a menudo se convertian en focos infecciosos. Cuando llegaron los bolcheviques modernizaron las canalización del agua y drenaron la mayoría de las albercas. Algunas han sobrevivido, como la que alberga la plaza de Lyabi-Hauz. Desde que fue construida en 1620 no ha dejado de cumplir su función de espacio socializador, Aquí interesa llegar al atardecer, cuando las terrazas de las Chaijanas (casas tradicionales de té), que circundan la alberca adquieren su momento más dulce; los hombres juegan al dominó, las parejas coquetean frenta a un té o familias completas disfrutan del frescor de la tarde. Además, es el único lugar con vida después de la caida del sol. Donde es posible comer o incluso pedir una cerveza o un vozka; a pesar de ser un país musulmán, el pasado sovietico de Uzbequistan no ha sido en balde.

Murallas de la ciudad antigua de Khiva

Lyabi-Hauz también acoge uno de los complejos monumentales más destacados de la ciudad, formado por tres madrasas. La de Nadir Divanbegi, que fue concevida como carabansar, pero convertida en 1622 a madraza; su fachada brinda una espectacular ornamentación de formas geométricas, donde destaca la representación de dos pavos reales, sendos con corderos en la boca, algo inusual en la decoración islámica, La otra madraza es la de Nadir Divanvegi Khanaka, en la cara oeste de la plaza, con un encantador claustro sufi. Y la tercera es Kukeldash, construida en 1569, en su momento fue la escuela coránica más grande de esta parte de Asia.

Nuestra última parada tras la impronta de la Ruta de la Seda es Samarkanda, No hay nombre más evocador en la ruta que la de esta mítica ciudad, donde todos los caminos de Centro Asia confluyen, Desde el siglo VI hasta el XIII, la ciudad pasó por múltiples manos durante un periodo que fue muy convulso. Turcos, árabes, persas, samanidas y Mongoles gobernaron la ciudad durante esta época. Hasta que en 1220 fue arrasada por las huestes de Gengis Kan, que la ocuparón.

En 1370 Timur (Tamerlane) decidió invadirla para convertirla en la capital de su imperio, transformandola en el epicentro cultural y económico de esta parte del mundo. El caudillo no cesó en engrandecer su imperio hasta su muerte. Falleció a causa de una neumonía en lo que hoy es Kazajistan, en el año 1405, cuando a sus 69 años se disponía a conquistar la China de la dinastía Ming. Hoy yace en el mausoleo Gur Emir junto a dos hijos y dos nietos. El intrincado alicatado exterior, sobretodo el de la puerta de acceso, y la cúpula que corona al edificio, dotan al lugar de un aire místico. El interior es fastuoso, desborda opulencia y belleza; una refinada ornamentación de formas geométricas, junto a versos del corán, cubren los paramentos del mausoleo que acoge los restos del hobre que forjó un imperio legendario, que incluia capitales como Delhi, Bagdad, Damasco, Ankara o Esmirna, Se le considera un heroe nacionai y el padre de la patria uzbeka.

Madrasa de Char Minar, en Bukhara.

La ciudad actual es moderna y ordenada debido a la huella que dejaron los rusos. No obstante, quedan grandes ejemplos de un pasado glorioso, con unas construcciones faraónicas. Como todo imperio, utilizó la arquitectura para su propaganda. “Si dudas de nuestro poder, mira nuestros edificios” decía Timur. Un buen ejemplo es la mezquita Bibi Khanym, un edificio de dimensiones colosales a modo de templo expiatorio, que fue tomado como modelo constructivo para las mezquitas timuridas. A pocos pasos, después de pasar el mercado, encontrarás la necrópolis de Shah-i-Zinda. Junto al mausoleo de Qsam Ibn Abbas que era primo del profeta, personajes de la élite del imperio de Timur levantaron aquí suntuosos panteones; está formado por treinta mausoleos de una belleza que roza lo divino.

Curiosamente, el icono de la ciudad, el Registán, es una obra posterior a la muerte de Timur; durante la época que vivió el caudillo el lugar era un gran bazar, desde donde radialmente partian 6 grandes avenidas que conducian hasta las puertas de las murallas. El actual Registán, flanqueado por tres colosales madrazas que siguen los cánones faraónicos del imperio timurida te cortaran el hipo. Una fue erigida en en siglo XV por Ulug Beg, el nieto de Timur. Y las otras dos por el gobernador Yalangtush en el siglo XVII. Conviene llegar aquí al atardecer, cuando las familias y grupos de amigos pasean distendidos, para tomar unas fotos cuando la puesta de sol tiñe de ambar los azulejos del Registán, Para luego disfrutar con la llegada del ocaso de la maravillosa iluminación del fascinante complejo monumental.

Hammam Bozori Kord, en Bukhara.

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