En este paraíso, enclavado en la costa tanzana, hay vida más allá de sus fabulosos resorts cinco estrellas y de sus espectaculares playas.
Antaño fue un mercado de esclavos y especies, colonia británica y base de grandes exploradores. Hoy en día le ha tocado ejercer de paraíso, con playas de arena blanca, un mar azul turquesa, hoteles con encanto y ciudades con las que todavía se puede evocar el pasado. El colofón perfecto a la aventura de un safari por el interior de Tanzania o la cercana Kenia.
La isla está ubicada en Índico, a escasos 36 kilómetros de la costa de Tanzania, aunque la forma más habitual de llegar a ella no es en barco sino en avioneta. Se tardan tan solo 30 minutos en llegar desde el aeropuerto internacional de Dar es Salaam ubicado 75km al sur.
Minutos antes de aterrizar ya comienza a perfilarse el paraíso. Pequeños islotes de arena blanca impoluta rodeados por un mar azul turquesa surcado por viejas embarcaciones típicas en la zona, llamadas “dhows”. Prácticamente son los mismos navíos con los que Simbad el marino y otros ávidos comerciantes transportaban el clavo, la vainilla, la nuez moscada o el cardamomo hacia los mercados de India, Arabia y Oriente.
Aunque sin duda, visitar esta isla significa mucho más que relajarse en una hamaca a la sombra de un cocotero, atiborrarse de langostas y enzarzarse cada atardecer al ritual del sunset y la piña colada.

Lo mejor es comenzar por Stone Town, la parte de la Ciudad de Zanzíbar en la que se encuentra el centro histórico y todo vestigio cultural y comercial. Se encuentra en pleno centro de la isla, en su vertiente Oeste.
Desde fuera las apariencias engañan. A primera vista, la ciudad para tener poco que ofrecer. Un laberinto caótico de callejuelas estrechas en las que todo el mundo parece vender algo a golpe de grito. Pero esta impresión, equivocada, no tarda en esfumarse.
El caos y el letargo en la que se encuentra inmersa esconden algo más que edificios mordidos por el salitre. Arte, historia, arquitectura singular y buena gastronomía son parte de su tarjeta de visita.
Stone Town, se ubica en una especie de triángulo conformado por tres avenidas, Mizingani Road y Kaunda Road ambas junto al mar y Benjamin Mkapa (Creek) Road que separa el barrio antiguo del nuevo. Casi todo el mundo comienza la visita en el mercado de Darajani, uno de los must de la ciudad. Se trata de un lugar para experimentar con todos los sentidos, aunque sobretodo con el olfativo. El aroma de las especias se entremezcla con el perfume de pachuli y el intenso olor de las tiendas de pescado. Los vendedores vociferan pregonando sus mercancías. En sus tenderetes es posible encontrar cualquier cosa, desde colorida y exótica fruta, animales, recambios de automóviles, y por supuesto, cualquier cosa de plástico fabricada en China. También es posible comprar paquetes de especias, pero aún regateando debemos estar preparados para pagar diez veces más que cualquier persona local.

Después de la visita al mercado es necesario hacer una pausa y buscar algún lugar tranquilo. Para los que sientan morriña, lo mejor es acudir al The Post – Tapas & Wine Bar, ubicado en la Kenyatta Road. En esta tapería –tal y como ellos la definen- se puede comer desde una tortilla de patatas, hasta croquetas caseras, patatas bravas, chipirones, salmorejo e incluso paella acompañada de buen vino rioja. Para los mitómanos de las artesanías en la misma calle, se encuentra el Memories of Zanzibar. Se trata de una macro-tienda de estilo moderno en la que podemos encontrar camisetas, colgantes, cuadros, tallas de madera y cualquier otro souvenir en el que estemos pensando. También ofrecen de manera gratuita un mapa de la ciudad que incluye los lugares más emblemáticos a visitar. En el número 62 de la misma calle encontramos FAHARI, un proyecto de artesanía sostenible fundada por la diseñadora londinense Julie Lawrence pensado exclusivamente para mujeres locales. Mediante cursos de formación se les hace participes de la fabricación de bolsos de alta calidad, joyería y accesorios en los que tanto los diseños como los productos son made in Zanzibar. Sin abandonar la misma calle y en una especie de pequeña plaza rodeada de palmeras, llegamos hasta el Stone Town and Café. El pescado a la parrilla es la especialidad de la casa, aunque estar sentado tranquilamente en la terraza tomando un delicioso té Masala Chai, mientras observas el ir y venir de la gente no tiene precio. También en Kenyatta Road se puede visitar la casa de Freddie Mercury. El líder de la afamada banda británica Queen, nació en esta isla el 5 de septiembre de 1946 con el nombre de Farrokh Bulsara. Aunque es posible visitar lo que fuera su antigua morada, no alberga nada espectacular a excepción de algunas fotos familiares y la imponente puerta de entrada de estilo omaní.
En las calles adyacentes varios artistas locales compiten a pie de calle por vender sus cuadros recién pintados. Siempre les acompaña un intenso colorido, y sus motivos, o bien hacen referencia a animales exóticos o bien retratan a sus congéneres. El Bao es el juego local por excelencia y casi siempre son hombres los que lo practican al cobijo de cualquier sombra. Se juega sobre una especie de bandeja doble de madera con pequeños agujeros en los que se van colocando piedras de colores o semillas. Gana quien primero vacía la línea delantera del oponente o le deja sin poder mover ficha.
El antiguo Fuerte Árabe, la casa de las Maravillas, y el Palacio del Museo son de visita obligada y se alinean sucesivamente uno al lado del otro a primera línea de costa frente a los jardines Forodhani.

El Fuerte Árabe es probablemente la construcción en pie más antigua de Stone Town erigida por los omaníes alrededor de 1700. La Casa de las Maravillas, Beit el-Ajaib para los locales, es un llamativo edificio de planta cuadrada y varios pisos con impresionantes balcones que remata con una torre con relojes. Fue el primero en contar con iluminación eléctrica (de esta particularidad nace su nombre). No hay que perderse el Museo de Historia y Cultura dedicado a la Costa Swahili y Zanzíbar ubicado en su interior.
Justo enfrente de la Casa de las Maravillas hay que sumergirse en el ambiente del parque Forodhani Gardens, un lugar que va animándose a medida que cae la tarde. Al atardecer, en las murallas que separan éste parque del mar, se reúnen los jóvenes cada tarde para jugar saltando al agua de la manera más estrambótica posible. Cae la noche y el escenario se anima. De repente, puestos ambulantes de comida rápida aparecen como setas por arte de magia. No puedes irte sin probar la famosa pizza de Zanzíbar en alguno de estos puestos, que por cierto nada tiene que ver con lo que nosotros entendemos por una pizza. Si has estado es Asía seguro que te recordarán a los pancakes, aunque aquí los acaban rellenando de cualquier cosa comestible.
Un poco más la Norte de Mzingani Road se encuentra el antiguo puerto de carga –Old Dhow Harbour-. No se incluye en ninguna de las rutas turísticas, pero es interesante ver como cargan y descargan los inmensos dhows llenos de mercancía. Una labor rudimentaria, que se hace a mano, como antaño. Enormes fardos de más de 50 kilos se transportan uno a uno desde el barco a tierra firme a lomos de porteadores a los cuales parece no importarles demasiado el tórrido calor de medio día.

Quienes siempre buscan la puesta de sol perfecta la encontrarán en la terraza del Hotel Emerson Spice, una antigua casa omaní convertida en un “hotel con encanto”. Tras subir unas empinadas escaleras llegaremos al Tea House Restaurant, decorado al más puro estilo marroquí y con las vistas más espectaculares de la ciudad. Si quieres cenar reserva mesa antes, ya que solo hay doce mesas y muchos pretendientes. El menú degustación de 5 platos cuesta 30 US$, pero vale la pena teniendo en cuenta que para muchos está considerado como el mejor restaurante de la isla.
No te vayas de Stone Town sin tomarte un zumo de caña de azúcar recién prensado, eso sí, recuérdales que no te añadan hielo, por lo que pueda pasar.
Lo más fashion para explorar el resto de la isla es hacerlo a lomos de una mítica moto Vespa. Vale decir que la isla está bastante italianizada. Se alquila por unos 25-30 US$ al día. Puedes hacerlo en algunos hoteles o en varias tiendas de Stone Town como por ejemplo en Asko Tours & Travel en Kenyatta Road. No conviene correr demasiado, ya que el firme de las carreteras no está en el mejor estado posible y a menudo desaparece para dejar paso a una sucesión de baches y de arena. Pero aún así, compensa por el plus de libertad que otorga y por el hecho de poder llegar a zonas remotas en las que encontrar playas solitarias con aguas azul turquesa y palmeras de tronco estilizado.
Los fanáticos de las playas no deben perderse la costa oriental y el norte de la isla, aunque algunas ya están demasiado urbanizadas y algo masificadas. Las playas de Kendwa y Nungwi, al norte de la isla, son extensas, de arena blanca y en ellas se puede nadar a cualquier hora del día. En otras hay que tener en cuenta el ciclo de mareas. Diez kilómetros más al Sur en la parte oriental se encuentra la playa de Matemwe siempre animada por la cercanía del pueblo de pescadores que lleva su nombre.

En el sur las playas no son tan atractivas, pero la vida en las aldeas puede ser un buen motivo para visitarlo.
El poblado de Kizimkazi Dimbani por ejemplo, no es famoso por nada, y justamente por ello no son demasiados los turistas que lo visitan. Por el camino es fácil toparse con pescadores que preparan sus trampas artesanales. El pescado se extiende sobre las esteras de hoja de palma y se deja secar al sol vertical del mediodía. El ritmo sosegado contrasta con el bullicio de la capital. Una madre unta con henna la cara de su hija recién nacida para protegerla del mal de ojo, y los niños salen a buscar caracolas de mar durante la marea baja después de recitar de memoria las suras del Corán en la madraza del pueblo. Cuando la marea baja, las mujeres ataviadas con coloridos pareos salen a recolectar algas que venden posteriormente a la industria farmacéutica europea. Las piraguas se encallan en la arena durante la marea baja y los hombres dedican la última hora de la tarde a preparar los utensilios de pesca.
En el pueblo todo el mundo está dispuesto a conversar contigo, quieren, sobre todo, que el mzungu les explique anécdotas de la vida de occidente, el verdadero paraíso para ellos.
Como en muchas regiones cálidas, en Zanzíbar al caer el atardecer la gente sale a disfrutar del aire fresco y la ciudad recupera la animación que pierde durante las horas de mayor calor. Es el momento de pasear: las chicas jóvenes, cubiertas con un buibui negro o con amplios pañuelos de colores, se agrupan en pequeños círculos y charlan entre ellas, mientras las madres atienden a sus hijos, que se divierten trepando a los árboles del parque. Los ancianos, vestidos con túnicas blancas impecables y con un gorro bordado del mismo color, conversan tranquilamente mientras mastican betel. Muchos jóvenes permanecen atentos a sus teléfonos, aunque algunos prefieren entretenerse con largas partidas de bao, un antiguo juego de origen árabe muy extendido en la costa oriental africana, en el que los rivales desplazan semillas entre numerosos huecos del tablero. Más lejos, varios muchachos se lanzan repetidamente al mar, como si quisieran alcanzar de un salto el sol que desciende hacia el horizonte.

Cuando el calor empieza a ceder, aparece un pequeño mercado frente a Beit el-Ajaib —la Casa de las Maravillas—, junto al mar, donde abundan los puestos de comida. En unos puestos ofrecen brochetas de carne con cebolla; y un poco más allá, pescado y pulpo asados a la brasa. Un lugar ideal para terminar cualquier jornada.
Las escenas cotidianas conviven sin dificultad con el pasado de la isla. Zanzíbar es un nombre que siempre ha despertado imágenes del África enigmática, aunque también de sus tragedias y crueldades. Es la isla de las especias, de campos aromáticos de clavo y canela, y de la corte de los sultanes de Omán que la convirtieron en un enclave legendario, digno de Las mil y una noches. Sin embargo, la fortuna de aquellos sultanes tenía un origen muy concreto: primero fue el dominio del comercio de clavo y otras especias; más tarde, durante un siglo, la isla se transformó en el mayor mercado de esclavos del mundo, proveedor de “madera de ébano” para América y Arabia.
Su historia mezcla el perfume del clavo con el dolor de los esclavos, quizá con más de lo segundo que de lo primero. Zanzíbar también fue el punto de partida de numerosos exploradores europeos que en el siglo XIX se internaron en el interior africano. Livingstone, Burton, Speke, Grant y muchos otros iniciaron aquí sus expediciones, añadiendo un aura romántica a este nombre de tres sílabas que por sí solo despierta la imaginación. Llega la noche. Una brisa refresca el ambiente e invita a despedir el día en una hamaca contemplando el aluvión de estrellas que surca el firmamento.

The Residence, un refugio exclusivo.
Después del bullicio de Stone Town es necesario encontrar un hotel con mucha paz y armonía en el que seguir soñando. Está situado al sur de la isla, en un enclave de interminables playas doradas con las típicas palmeras caribeñas. Cada una de sus 66 villas ha sido diseñada por el arquitecto Ecoid y decorada por el estudio Hirsch & Bedner Associates, dando como resultado unos interiores repletos de influencias swahilis, omanís, británicas e hindús en lo que no falta ni un solo detalle. Todas gozan de piscina particular, aunque el hotel también dispone de una gran piscina acristalada. Junto a esta se sitúan los dis restaurantes, The Dinning Room y The Pavilion, que de la mano del chef Raymond Beck ofrecen exquisitos platos locales combinados con lo mejor de la cocina internacional. Os recomiendo entre otros, probar el Atún a la plancha con semillas de sésamo, piña y ensalada de papaya.
También es un lugar privilegiado para ver las puestas de sol y observar al anochecer los millones de estrellas que se apelotonan en el cosmos.
MÁS INFORMACIÓN
Oficina de Turismo de Zanzibar: http://www.zanzibartourism.net
The residence Zanzibar: http://cenizaro.com/theresidence/zanzibar